
En el capítulo once de la Epístola de los Hebreos, el Apóstol Pablo dice que, los grandes hombres de fe, en las Sagradas Escrituras, se consideraban peregrinos y extranjeros en esta tierra, porque buscaban en una patria mejor.
Todo aquel que ha aceptado el llamado de seguir a Jesús, tiene que salir de su antiguo ambiente, cambiar antiguas amistades y costumbres e inclusive, a veces, alejarse de algunos parientes.
Ese es el momento, cuando el hombre que un día fue terrenal, sale de su viejo mundo y comienza su peregrinaje hacia la nueva Jerusalem, convirtiéndose en el proceso, en un hombre espiritual. Dios es Espíritu, por tanto, los hombres que peregrinan rumbo a su santa ciudad, deben ser espirituales.
Si un hombre sale de su vieja patria, buscando la patria celestial, pero a medio camino decide regresar a su antiguo hogar, caminó en vano, pues si desea llegar a la meta, debe volver a empezar desde el principio.
A algunos peregrinos nos ha sucedido esto y algunas veces hemos cometido un grave error, traemos en nuestro equipaje cosas pesadas e innecesarias para el camino.
Al no poder cargarlas más, las abandonamos y seguimos adelante. Pero cuando pasan unas cuantas millas y baja el peso, se nos olvida el trabajo que pasamos y nos devolvemos a recoger el inútil equipaje. Este proceso puede repetirse, haciendo nuestro caminar lento y pesado.
Peregrinos, prestémosle atención a las palabras del bello himno que dice: “Andar ligero de equipaje, viajar liviano, llevar sólo lo necesario”.
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